jueves, 12 de febrero de 2026

SEMANA ll

En esta segunda semana de clase hablamos de cómo muchas veces las personas hablan solo desde su propia experiencia, sin abrirse realmente a escuchar al otro. Opinamos desde lo que hemos vivido, pero sin intentar entender los conceptos o el contexto desde el cual la otra persona se está expresando. Eso hace que, sin darnos cuenta, invalidemos su punto de vista y se generen conflictos simplemente porque no hay un verdadero diálogo.

Después nos preguntamos: ¿qué tienen en común el mito de Adán y Eva y el cuento de Caperucita Roja? Al principio parecían historias totalmente diferentes, pero encontramos varias cosas en común. Una de ellas es el engaño: la serpiente engaña a Eva para que coma del fruto prohibido, así como el lobo engaña a Caperucita haciéndose pasar por su abuela. Pero también está la desobediencia. Dios les había pedido a Adán y Eva que no comieran del fruto, y la mamá de Caperucita le había advertido que no hablara con desconocidos. En ambos casos, hay una advertencia que no se cumple y unas consecuencias que marcan la historia. Esto me hizo pensar que los relatos, aunque parezcan simples cuentos, en realidad transmiten enseñanzas muy profundas.

También hablamos sobre cómo la memoria tiene mucho poder. Muchas veces la historia es contada por quien gana, y así pasamos de generación en generación conociendo solo una parte de los hechos. Casi nunca nos detenemos a cuestionar si lo que nos dicen o lo que leemos es totalmente cierto. Siempre hay dos caras de la moneda, pero no siempre conocemos ambas.

Cuando hablamos de memoria también mencionamos a los dioses griegos y cómo representaban emociones humanas muy fuertes. Si alguien se siente ofendido, esa ofensa toma más fuerza cuando la volvemos simbólica en nuestra mente, cuando la guardamos y la repetimos. Ahí entendí que no solo importa lo que pasa, sino el significado que nosotros le damos.

Hubo una frase que realmente me marcó y fue cuando el profesor dijo: “El dolor es real, el sufrimiento es opcional”. Esa frase me hizo reflexionar mucho, porque el dolor puede ser inevitable, pero el sufrimiento depende en gran parte de cómo decidimos asumir lo que vivimos.

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