Al inicio de la clase, el profesor nos hizo una pregunta que parecía sencilla, pero en realidad no lo era: ¿qué es educar? o ¿qué entendemos por educar? Cuando lanzó la pregunta, ninguno de nosotros supo responder con claridad. Fue un momento que me hizo darme cuenta de que, aunque nos estamos formando para ser docentes, muchas veces no hemos reflexionado de verdad sobre lo que significa educar.
El profesor nos explicó que educar es un proceso de transformación. No es simplemente llegar a una institución, presentarse y empezar a leer una presentación. Educar va mucho más allá de transmitir información. Implica tener claridad sobre qué queremos enseñar y hacia dónde queremos llevar a nuestros estudiantes. Nos invitó a preguntarnos: ¿con qué propósito estoy dando esta clase? ¿Qué quiero que realmente aprendan mis estudiantes? Entendí que, si no tenemos claro eso, entonces no estamos preparados para asumir de verdad el rol docente.
También hablamos sobre los roles que cada persona cumple a lo largo de su vida: somos estudiantes, hijos, trabajadores, amigos, entre otros. Cada rol trae consigo responsabilidades, expectativas y maneras distintas de actuar. Dentro de esos roles surgen muchos conflictos, porque no siempre logramos separar uno del otro. Esta reflexión me hizo comprender que ser docente no es solo tener un título, sino asumir un compromiso ético y formativo con los demás.
Por último, el profesor resaltó la importancia del lenguaje. A través de él interpretamos el mundo y expresamos lo que somos. El lenguaje no solo comunica, también construye significado y da paso a la subjetividad, es decir, a la manera en que cada uno entiende su realidad. Desde esta mirada, la educación no transforma solo conocimientos, sino también la forma en que cada persona se comprende a sí misma y al mundo que la rodea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario